la memoria del futuro

La memoria del futuro se corresponde con la posición atrayente de futuro que se imagina un grupo, una organización. Es un paradigma que funciona por construcción, mediante un proceso grupal, poniéndose a la tarea  (A. Linares 2007: 68). Esa memoria del futuro es el resultado del proceso imaginativo llevado a cabo en grupo, y se plasma en la redacción de relatos de escenarios de futuros plausibles, de capacidades necesarias para afrontar con éxito cada escenario, y de la visión compartida del grupo que participa en el proceso.

Las personas necesitamos al menos dos referencias temporales para darle al presente un sentido de perspectiva. Cuando la duración es larga, el presente adquiere sentido desde la experiencia que emana del pasado. Cuando la duración es comprimida, el presente necesita apoyarse en alguna referencia compartida del futuro para que adquiera esa perspectiva. Entonces nos sentimos capaces de elaborar un relato con sentido de finalidad.

A diferencia del atrayente de la cultura corporativa que sucede por inercia, es decir, para reproducir las pautas pasadas y presentes en la empresa, la memoria del futuro está vinculada al atrayente de la visión. Ella representa la posición de sentido que emerge del proceso de anticipación en grupo, es el resultado de la exploración colectiva de las barreras que nos impiden pensar y progresar. Con ella nadie podrá decir que el exceso de incertidumbre, complejidad y mundialización nos impiden progresar. Después de varias sesiones de trabajo en grupo estas barreras habrán sido transformadas en hojas de ruta para caminar confiados hacia el futuro.

la necesidad de generar visión compartida

Una pauta antropológica sobre la que venimos levantando acta durante años es que el poder en las empresas está más en manos de gestores financieros que de líderes estrategas (Van der Laan 2008), más en manos de buscadores de evidencias que de portadores de sentido.

Otra pauta antropológica es que hoy día en los negocios se habla de forma abusiva de tres barreras infranqueables que nos impiden pensar juntos el futuro: la barrera de la incertidumbre, la de la complejidad, y la de la globalización de los mercados.

Las tres se nos presentan como topes definitivos que nos invitan al inmovilismo. No hay nada más de qué hablar colectivamente. Las tres representan indicadores claros del fin del progreso. No podemos avanzar más, ni pensar de otra manera. Estamos condenados al presente permanente o ideología del “presentísmo”. A partir de aquí, quien tiene que moverse es cada uno por su lado, desde su soledad, y no la empresa como proyecto colectivo. De ahí la invasión de libros, conferencias y foros que versan sobre las condiciones de éxito de la persona. Uno tiene que hacer el títere, el pino, la cabra, el saltimbanqui y hasta el payaso para garantizarse el éxito ¡Y puede que no sea suficiente!