El presente permanente y el futuro emergente

El presente permanente y el futuro emergente

Hubo un tiempo en que la acción se anclaba en la historia y se proyectaba en un futuro planificado. Esa creencia y experiencia humana que conectaba el presente, el pasado y el futuro como un flujo continuo está prácticamente desterrada.

Nos hemos instalado en el presente permanente que nos recuerda que el pasado es deleznable y desechable, y que el futuro es impredecible. Estamos como emparedados. El pasado no significa garantía y el futuro no implica compromiso. Todos somos actores o espectadores de un compromiso frágil. El presente permanente es un presente corto, caduco. De ahí que cada vez más lo vinculemos a nuestra energía y a nuestro estado de conciencia, de lo contrario corremos el riesgo de vivir como autómatas.

El futuro emergente es el mejor anclaje que encontremos para dar sentido a nuestro presente permanente; ese futuro puede ser un tiempo un tanto multicolor y cambiante, signo de nuestro volátil compromiso con nuestras propias aspiraciones o con nuestras intenciones, también puede ser el tiempo para orientar nuestro aprendizaje y de nuestra acción.

Nuestros anclajes de sentido ya no se sitúan en el ámbito de la aceleración de la temporalidad, como sucedió en buena parte del siglo XX. Tampoco parecen estarlo en el ámbito de la compresión de la temporalidad, como viene sucediendo desde hace un cuarto de siglo.

A nivel individual, nuestros anclajes proveedores de sentido parecen más sólidos en la exploración de nuestras múltiples inteligencias y de nuestros múltiples niveles de conciencia o de presencia.

A nivel de equipo, el sentido parece emerger mejor de la conversación que surge del círculo, ya sea desde un equipo natural o desde una comunidad de aprendizaje.

A nivel de sistemas, el sentido parece más sostenible en la integración y la colaboración sistémica.