Una problemática habitual en coaching es la forma en que nos comprometemos con el rol profesional. Venimos al trabajo por y para ejecutar el rol profesional. Algo a priori tan sencillo resulta difícil de llevar a cabo: nos comprometemos a medias, renqueamos con las responsabilidades, incurrimos en abusos, sobreactuamos para ocultar nuestra incompetencia, hacemos una lectura personal y, peor aún, nos zafamos con facilidad del rol. Salirse del rol es un deporte popular.

El rol profesional requiere autocontrol, es decir, concentración. También requiere autoorganización de manera sostenida. Alguien disperso y poco organizado difícilmente hará bien su trabajo. Desgraciadamente, la digitalización contribuye a la baja concentración y a la dispersión.

Dicho lo cual, por mucho lustre social que este nos dé, no somos el rol profesional que hacemos porque todos tenemos otros roles de vida. Cuando como personas nos confundimos con el rol profesional, acabamos atrapados y eso nos empequeñece. Para muchos Directivos su única valía se la otorga el rol profesional, por eso se presentan al mundo primero y ante todo desde el personaje del rol: yo soy el Director X.

El individuo tiene que tener clara su ambición y la responsabilidad que ésta le supone en el ejercicio del rol. La empresa tiene que tener clara la misión y los recursos asignados al rol.

Al igual que los individuos nos zafamos del rol, las empresas no siempre aclaran la misión y principales responsabilidades del rol:

  • En los organigramas matriciales, las fronteras entre roles son difusas, dando lugar a discusiones y conflictos de territorios que drenan mucha energía.
  • En determinados proyectos, la Dirección asigna una misión imposible de llevar a cabo, drenando la energía y compromiso de los miembros del proyecto.

Mi mejor deseo en 2019 para todos es “sed buenos profesionales”.

El sentimiento de martirio es común en el trabajo; consiste en escenificar que uno se está sacrificando para que algún miembro, el grupo entero o la empresa se beneficien. El martirio es la sobreactuación siguiente al sentimiento de sacrificio.

¡A mí me están chuleando! Esto es un abuso. Parezco el tonto de la casa. Aquí nos sacrificamos algunos para que otros vivan a cuerpo de reyes.

Sucede efectivamente que cuando un grupo está en posición degradada, necesita de uno de sus miembros para depositar su caca e incluso le acaba sacrificando. No es el caso que trato aquí. Tampoco el derivado de las situaciones reales de abuso.

Al martirizado le duele todo. Está poseído por la tristeza y la desesperación. No porque se sienta mal reconocido, sino porque se siente mal querido e incluso abusado. Ve una intención deliberada en lo que le está sucediendo. Tiene la fantasía de que su martirio le elevará al altar. Mejor hacer que los demás se sientan culpables por lo que no hicieron por uno. El postureo del martirizado tiene forma de ejercicio de poder, es un poder ejercitado desde una posición baja, que también es muy poderosa.

Numerosas relaciones profesionales suceden con el propósito de inducir dependencia de una de las partes con respecto a la otra. La dependencia a que me refiero no es la jerárquica, que es la oficial y por lo tanto la legítima. Me refiero a una dependencia más invisible y sutil que busca a establecer una relación asimétrica donde debería ser de pares (“somos pares, pero no somos equivalentes, yo soy más que tú, yo te quiero llevar a mi terreno, yo quiero que hagas lo que me a mí me conviene, yo no quiero que me hagas hacer lo que no me apetece”).

La búsqueda de una relación de dependencia es de carácter manipulativo, si el otro busca esa relación conmigo. También puede ser de carácter auto-manipulativo, si yo mismo busco esa dependencia con el propósito de reducir mi ansiedad, con el de evitar mi responsabilidad por el trabajo bien hecho, con el de evitar la confrontación con quien trata de manipularme, o con el de conseguir protección de quien aparenta ser más poderoso que yo.

La manipulación para inducir dependencia nunca sucede desde un propósito explícito, sino que se actúa de manera sutil, en cada intercambio, como si fuese normal, e incluso con una sonrisa de oreja a oreja. El manipulador hace de su inseguridad un arma de sometimiento de otros, rozando si cabe la perversidad.

Una consecuencia habitual de la relación de dependencia es que la otra parte hace una amputación de sus capacidades para evitar tensión e incluso romper la relación. Nos emocionamos hablando del empoderamiento, el emprendimiento, la creación o el compromiso, y censuramos hablar sobre la amputación de capacidades que conllevan numerosas relaciones.

El déficit de sentido que conocen numerosos profesionales hace que persigan una relación de manipulación con sus propios compañeros porque ésta les resulta más excitante que la misión asignada al rol, la cual se ejecuta a menudo desde múltiples contradicciones.

 

¿Es la “albañilería en general” el concepto que mejor nos define profesionalmente? Nos cuesta reconocernos como especialistas. Coincidí reciente en un seminario con aspirantes a emprendedores cuya aspiración les transportaba a distintas profesiones a la vez. Ciertamente distintas entre sí. Muy distintas ¿Somos gente aspirante a generalistas? ¿Somos gente que lo mismo planchamos un huevo, que freímos una corbata?

Hay aspectos significativos de la competencia que quiero señalar:

  • El generalista suele ser oportunista: elige una amalgama de oficios para evitar confrontarse con su limitación (incompetencia) para progresar y ser el mejor en uno de ellos. Esta baja exigencia de especialización viene facilitada por la baja exigencia del cliente, que se conforma con lo que le echen. La exigencia hace buenos especialistas.
  • Dentro de su sector, el generalista dice “sí a casi todo” porque de lo contrario teme ser abandonado. Su problema es la entrega del valor prometido.
  • El especialista muestra mayor autocontrol en el ejercicio de su rol. El autocontrol requiere esfuerzo y concentración, requiere reprimir nuestra tendencia natural a la dispersión.
  • El especialista está tan pendiente de la perfección de lo que ya sabe como de la imperfección de lo que aún puede aprender.
  • El especialista se dota de las mejores herramientas, también muestra una maestría del proceso, equilibrando el sentir, el pensar y el hacer. El trabajo del especialista es un trabajo limpio, en el sentido literal y en el metafórico.

No podemos ser buenos en todo.

El otro secuestro sucede cuando te convocan a reuniones donde se sabe de antemano que tu contribución no será valorada, a reuniones donde se ve claramente que no están preparadas, a reuniones donde se sabe de antemano que sólo existen para que alguien poderoso se haga su paseíllo y te tenga de oyente, a reuniones donde unos ocupan el tiempo colectivo en manipular porque es lo que mejor sabe hacer, a reuniones que comienzan tarde porque hay alguien que ha decidido unilateralmente hacer un uso inadecuado de los recursos que la empresa pone a su disposición, a reuniones que se alargan una eternidad porque es lo que mejor se sabe hacer porque estéticamente queda bien tener reuniones que duran mucho, así parece que se trabaja mucho.

El otro secuestro sucede cuando se te pide que hagas un trabajo que no sirve de gran cosa porque quienes tienen que evaluarlo no se hicieron las preguntas pertinentes en el debido momento; sucede cuando usan tu trabajo para gestionar sus rituales de poder, haciendo que lo “bien hecho” por ti pase a ser un “desecho” fruto de su interacción; sucede cuando te dicen que tu compromiso es importante, cuando eres consciente de que no te preguntan nunca sobre nada, y menos sobre ti mismo; o cuando alguien solicita tu atención para descubrir que en verdad sólo necesitaba un par de orejas prestadas.

¿Cuánto hay de manipulación? ¿Y de auto-manipulación?